Rocas del Tiempo

Rocas del Tiempo
Lee Fontanella

 

No voy a ir tan lejos como para decir que Caruncho hace que hablen estas “rocas del tiempo”.  Me empeñaría, en cambio, en la idea de su auto-revelación; en su acto de presencia como resultado de su salida de la historia.  Semejante al caso del explorador del Yucatán, John Lloyd Stephens (1840-41), para quien “incidentes” eran los sitios y monumentos con los que él se tropezaba al viajar, también para Caruncho sus “rocas” son sitios de “incidencia”, en los que uno “se cae” al pasar de una serie de imágenes a otra. En términos más claros, el arte de fotografiar estas “rocas del tiempo” tiene muchísimo que ver con que Caruncho nos ha dejado con la ilusión de haber tropezado con, y de haber podido penetrar en, estos monumentos encubiertos y casi innombrables.  Sin violarlos ni nombrarlos, los ha fotografiado de tal modo que se constituyan como “incidentes” de su viaje.  Sólo que la técnica fotográfica moderna permitió que el fotógrafo moderno se hiciera testigo de los detalles más íntimos seleccionados, no sólo del hecho monumental en sí.  Y gran ventaja resulta ser aquello, porque de esta manera el fotógrafo de hoy es capaz de crear en nosotros la ilusión de tropezar nosotros mismos en el dolmen, luego ir descubriendo los más seleccionados detalles de su “ser”, volver a vivirlo desde fuera y desde dentro, como lo hubieran vivido sus antiguos constructores.

 

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En una entrevista con Jules Huret, el poeta Mallarmé comentó (1890 ca.), quejándose de los poetas parnasianistas que pretendía desplazar:  “Nombrarun objeto es suprimir las tres cuartas partes de la delicia del poema, que está hecho de la suerte de adivinar poco a poco lo sugerido; ahí está el sueño”.  Supongamos que es lícito concebir del fenómeno dolmen como un poema, y de la fotografía como el instrumento mediante el cual el poema-dolmen se revela ante nosotros.  Entonces le toca al fotógrafo convencido del concepto misterio dejar que ese fenómeno que llamamos dolmen se revele poco a poco, “sugiriéndose” diría Mallarmé, para que lo “adivinemos”.  De esta manera, me parece a mí, llegaríamos a una apreciación de nuestro concebible parentesco con el hacedor del dolmen.  Participaríamos en su “sueño”, en su proceso lento pero sincero de contender con su mundo, interpretándoselo.  Si mal no le entiendo, Caruncho parece opinar lo mismo, a juzgar por su aproximación fotográfica en estas series de imágenes.  Sólo que para Caruncho, el énfasis parece recaer en lo que llamaría yo constantes universales latentes en las mismas “rocas del tiempo”.

 

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El fotógrafo Edward Weston reconocía formas universales en objetos dispares, como por ejemplo el cuerpo humano agachado en comparación con una pila de baño y su pedestal.  Se trata de una búsqueda de una fraternidad de vista y sentimiento que pudiera existir entre las cosas, pero que difícilmente encontramos.  Es, en fin, una afirmación de la posibilidad de un “misterio” universal, conseguible en estos casos mediante un difícil peregrinaje de observación y captación fotográfica.  Es bastante evidente la no espontaneidad de estas imágenes, en cuánto perspectiva y técnica, como tampoco llamaríamos espontáneas la fotografías de Ansel Adams.  Son más bien resultado de una selección individual, pero no “individualista”; no egocéntrica, sino todo lo contrario, óptimamente fraternal: es decir, ahistórica y no limitada en el espacio.  En este mismo sentido, el aspecto regional de estos dólmenes importa menos de lo que importara su alcance a todas las personas de todos los tiempos. (Es decir, ver lo universal en Galicia significa más que ver a Galicia en todo el universo, aunque en el mundo más ideal, los dos conceptos tienen validez.) No solemos pensar, al ver estas imágenes, en unos lugares y tiempos concretos; las formas compaginadas entre lo orgánico y lo inorgánico de Edward Weston no nos parecen estar arraigadas en cierto sitio o época.  Estas rocas parecen negarnos el trazo histórico concreto.

 

Lee Fontanella 2016

 

 

 

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