Retratos

HABLANDO EN PLATA: Los retratos de José Caruncho

Hablar bien de un amigo artista es fácil y agradable.

El diccionario le da a la palabra Arte esta acepción: “Hacer bien una cosa”

Este es el caso de José Caruncho, un artista de los que hacen bien su trabajo, la Fotografía y, concretamente, el Retrato. Algo de lo que uno puede hablar por el conocimiento que tiene del autor y la propia dedicación durante toda una vida al dibujo y la pintura de la figura humana. O sea: el Retrato.

Vamos pues, a hablar bien de un amigo y un artista que hace bien una cosa.

El Retrato. Se podría definir el Retrato como el traslado a un soporte de la imagen de un rostro, o de un cuerpo con un rostro.
O sea ¿unos ojos, una nariz, una boca… sobre unos hombros y un cuerpo?
No, no son los ojos: es la mirada, no es la boca, es el gesto. Es, sobre todo: una Persona.
Pero es más que esto porque, en la tradición de los mejores, un buen retrato posee ese aliento de vida, ese algo turbador que es la vida y que emana del pulso, del corazón y la mirada del autor mismo de la obra. Ese algo emocionante, como en Caruncho, que dota al ser más humilde de eso que de mágico y sagrado hay en lo más plebeyo.

Un retrato de Caruncho nos muestra siempre un carácter, o sea: un Destino, una Vida, porque un buen retrato es como una “interviú” de urgencia, es como una biografía abreviada.
En algunos de sus retratos el modelo ya ha muerto, como el de Darío Brandariz o el de Jaime Quintanilla, pero sus rostros, poderosos y tiernos, aún nos miran en ese juego especular de la mirada y el ver y el ser vistos que es la Vida.

Yo he visto trabajar a Caruncho, en exteriores o en recintos. Sólo él con sus placas sensibles y la luz, madre de las bellas sombras.
Caruncho es paciente y preciso. Económico, de material y de gestos. Hace muy pocas tomas. Dos, o tres como máximo. Su sola presencia grande y tranquila de elefante elegante opera de tal modo catártico que el posador, aunque quieto, no posa: Reposa: Está.

Porque este fotógrafo no hace instantáneas, no congela en el instante diminuto de una centésima de segundo el aliento de una vida, no nos ofrece en un tiempo pequeñísimo el espacio grande de un hombre sino que nos da un Hombre en un tiempo sin tiempo y para siempre, en ese Arte ni antiguo ni moderno ni contemporáneo: extemporáneo: Eterno.

Eso es un buen retrato.

El artista es exhibicionista y vanidoso: se muestra él en su trabajo. Es lo que solemos llamar Estilo. Muestra su estilo. Todo lo muestra a él.

Pero nuestro elefante sabio actúa humildemente, como los artistas anónimos de la antigüedad, preocupado sólo por la verdad y la belleza de lo que ve. En donde el yo más yo de todos los yos que somos emerge, nos delata y nos define.

Y así es que yo tengo varios retratos de Caruncho en mi taller. Míos y de otros. Los míos me miran desde el ámbito privilegiado de sus rectángulos y su mirada está ya más viva que la que me devuelve mi espejito espejito.

Larga vida y suerte a los retratos de Caruncho, el que ve y nos muestra la verdad de lo que ve. ¿Hay algo más difícil y mas bello que Ver?

Alberto Carpo
A Coruña, abril 2005

 

 

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