Four Days with El Capitán

El Yosemite de José. Eddie Williams

En la primavera de 2009 la familia de José Caruncho y la mía compartimos unos días en Yosemite, el parque nacional de Estados Unidos conocido sobre todo por sus osos, sus saltos de agua y las montañas de granito que surgen del valle, perfilándose dramáticamente y retando a los alpinistas más ambiciosos del país, si no del mundo.

En realidad y para ser exactos, hay dos Yosemites. El real, el natural, el que mi mujer pudo ver por primera vez a los cinco años, cuando los osos se acercaban tranquilamente a los coches; hoy visitado por millones de turistas para quienes los ositos, aunque ahora más controlados, siguen siendo de cuidado. Y luego está el otro parque, visto incluso por más millones de personas: el de las fotos, pues Yosemite resulta sin duda el más fotografiado de todos los parques del país.

Esas dos versiones no son independientes, pues la fotografiada condiciona la experiencia del visitante, tentado, de manera consciente o no, a buscar las imágenes ya vistas en libros y películas antes de su propio viaje al lugar. Es una experiencia que tiene una larga historia. Hacia finales del siglo XIX, el público americano conoció bien las grandezas del Oeste por pinturas y fotos, antes de visitarlas y de que fuesen consagradas como parques.

El Yosemite de José, hasta que él lo pisó por primera vez aquella tarde primaveral en 2009, había sido el de las fotos, sobre todo las del gran maestro Ansel Adams, en cuya técnica y estética José se había sumergido admirativamente desde hacía tiempo. Pero José, a diferencia del turista atrapado entre las imágenes canonizadas y las que se le presentan directamente, llegó plenamente liberado del Yosemite ya fotografiado.

Durante varios días estuvimos acompañando al infatigable fotógrafo a varios rincones del parque. Lo acompañamos, mas no lo seguimos, puesto que donde nosotros alzábamos los ojos hacia una de las impresionantes cumbres, José prefería mirarla desde otro punto de vista, o incluso dirigirse en otra dirección. Si nos fijábamos en lo más grandioso –un lago, el magnífico río que atraviesa el valle de Yosemite, o una de sus inmensas vegas– José bajaba su cámara -–siempre sobre el trípode– para captar algo bien pequeño; para nosotros, mínimo. Recuerdo haberme situado detrás de él para ver qué le interesaba. Sólo que, por más intensamente que me fijase, seguía siendo un misterio.

Meses después, admirando su magnífica colección de fotos de aquellos días, nos dimos cuenta de que José, aunque ni por un momento se había separado de nosotros, había visto otro Yosemite. El suyo.

Eddie Williams

San Francisco de California, 2017

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